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La casa de los duendes
Todos los cronistas que ha habido en la Villa han mencionado, antes o después, a la que según Torres Villaroel era la casa del duende por excelencia. Situada en la calle Mártires de Alcalá, en el cruce con la calle Santa Cruz, su primer propietario fue Don Nicolás Guzmán, en el siglo XVI. A su muerte, permaneció desalquilada, a pesar de su fastuosidad y apariencia. Hecho que por sí sólo ya sería un misterio digno de estudio. Claro, que quién iba a comprar una casa que, a pesar de estar deshabitada, era conocida en Madrid por sus peculiares habitantes...
Fernández de los Ríos recoge como unos ocupas de la época, siglo XIX, utilizaron la casa para una timba nocturna y se vieron avisados, hasta en tres ocasiones, por enanos que aparecían súbitamente invitando a callarse a los congredados, y volviendo a desaparecer de la misma forma. Cada vez los enanos eran más horribles, pero los jugadores, verdaderos ludópatas, aguantaron las advertencias de los enanos. En un momento de algarabía, las luces se apagaron de pronto, dejando por un instante a los que antes eran unos valientes sumidos en el terror. Pero el desastre acababa de empezar: sobre ellos llovieron golpes desde todas direcciones, algunos perjuran que tocaron a seres alados y fríos, otros sintieron a decenas de enanos moliéndoles cada centímetro de su cuerpo, pero todos percibieron el ruido ensordecedor y el olor pestilente que aún, tiempo después, siguió atemorizándoles cuando les asaltaba el recuerdo de lo acaecido aquella noche.
Algunos años después, la marquesa de las Hornazas alquiló la casa ante el pavor del vulgo. Encargó al mayordomo unos cortinajes lujosos, y nada más salir éste de casa para recogerlos, los enanos se presentaron ante ella justo con los tejidos que deseaba. La impresión fue tal que cayó desmayada. Al volver en sí, las cortinas estaban colgadas en su sitio. Aún con la impresión, mandó llamar a su confesor, y al instante llegó un lóbrego fraile que traía de la mano a uno de los horribles enanos. La marquesa entendió la advertencia y huyó ese mismo día.
Estos son sólo algunos de los ejemplos de apariciones que atormentaron tanto al vecindario, que acabaron rogando la intervención de la Inquisición. Un buen día hicieron una procesión con el Obispo a la cabeza que registró y exorcisó la casa. Mientras esto hacían, la chimenea, a pesar de estar la casa vacía, no dejaba de echar humo. Cuando acabó el rito, tres seres con rostros ahumados y cetrinos salieron de los sótanos y huyeron, quedando los vecinos más sosegados en adelante.
La casa ya no existe, fue demolida a finales del siglo XIX, en su lugar hay otro edificio moderno, pero los vecinos de este inmueble acudieron hace poco a Telemadrid para contar que en sus hogares continuaban las desapariciones inexplicables, los movimientos de muebles y los ruidos sobrenaturales. Entre sus cimientos, confundidos con los de la antigua casa, aún pervive algún inquietante ser de rostro ahumado...
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